
Cuando tú naciste, (te lo recuerdo), naciste desnudo; alguien que te quería bien te dio algunos azotes, tú llorabas, mientras los que te querían bien, reían. No podías saber que este era el preludio de lo que podía ser tu vida.
Tú desnudez significaba que tenías que comenzar a partir de cero, para que supieras apreciar lo que tendrías después en la vida.
Los azotes querían indicarte, que quien bien te quiere te hará llorar.
Tu llanto, posiblemente quiso indicar, que esta vida no es un camino de rosas, y en todo caso las rosas las tendrías que poner tú.
El primer beso que te diera tu madre, sería la primera prueba de amor que te indicara el cariño que se siente por un hijo; no olvides que tú no naciste, te nacieron, por lo tanto, ¿a quien se los debes todo?
Partiendo de estas premisas, tienes que ser tú quien marque el camino a seguir, no olvides que como ocurre con la fruta, la cáscara es amarga, pero el fruto es dulce, las rosas también tienen espinas; para lo cual no es fácil encontrar la felicidad sin amarguras, ahí está la diferencia.
No pidas que la luna se multiplique ni que las estrellas se acerquen para ver mejor, ni reniegues de la oscuridad, enciende una vela. El mundo está hecho a tu medida, entiéndelo. Valora lo que tienes, y nunca lo que no tienes, si no lo haces así, siempre serás pobre.
Nada de lo que ves en el mundo sobra ni falta, porque todo está hecho para que seas feliz, las flores del campo te dan olor y un regalo a tu vista, los pájaros con su trino te regalan su música, el sol ilumina tu camino, si tropiezas la culpa es tuya.
Y por último, no busques la felicidad lejos de ti, ni esperes a que pase el tren, tienes la oportunidad de encontrarla tratando a los demás como te gustaría que te trataran a ti.
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