jueves, 12 de mayo de 2011

Selene


El conde atravesó el patio del castillo, caballero en su alazán, y ordenó a la guardia que se bajara el puente. Nadie ponía en duda la bravura y arrojo del noble, pero no dejaba de ser una temeridad aventurarse más allá del foso en aquella noche infernal de rayos y truenos. Pronto la oscuridad se tragó la figura del conde, que había renunciado a la escolta.

Tenía él sus razones para obrar de tal guisa. En boca de todos andaba que la bruja Selene había conseguido al fin dar con un bebedizo capaz de asegurar la inmortalidad a quien lo tomase. Y era de creer, pues ella misma pasaría del siglo, si había de tomarse por cierto lo que aseguraban los más viejos de la villa. Portaba el caballero una bien repleta bolsa de monedas de oro. Pagaría con ellas por desorbitado que fuera el precio, se haría con el filtro, y una vez éste en su poder, acabaría con la vida de la vieja; nada ni nadie resistió jamás un mandoble de su espada certera. En semejante noche, y perdida la miserable cabaña de troncos en mitad del bosque, imposible que alguien pudiera dar cuenta de lo sucedido. Los dineros tornarían a su bolsa.

La pócima resultó de un sabor endiablado; ningún problema por lo demás. La desdentada bruja metía ya las monedas a lo más oculto de los raídos sayos y el conde juzgó llegado el momento. Se volvió de espaldas, tomó con mano firme la empuñadura de su espada. Fue justo en ese instante cuando ella dejó caer en suave aquello de: «No me quedaría la conciencia tranquila, mi señor, si os oculto que se trata en realidad de un veneno. Pero nada os turbe, cada noche de luna llena, la vieja Selene pronunciará el conjuro que deja sin efecto su alcance pernicioso y asegura la inmortalidad hasta el siguiente plenilunio.»


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