Secreto de confesión
Érase un cura de aldea, que como casi todos los de su tiempo, controlaba los sentimientos de su pueblo, compartiendo sus penas y alegrías, estas últimas pocas veces, pues él tenía el privilegio de conocer las miserias del pueblo a través de dos medios: por los dicentes y el confesionario. Para este pobre hombre era un calvario; todos se conocían a todos, y nadie conocía a nadie, solamente él penetraba en los entresijos de sus feligreses, pero como es natural, tenía que rumiar y hacer frente a las miserias de los demás en su fuero interno, por motivos de todos conocidos.
Terminada la Semana Santa, el día de Pascua salía de la iglesia con la satisfacción del deber cumplido por una parte, y por la otra, como creyente para él era un día de alegría.
Pero como dice un proverbio, la alegría de los pobres dura poco, observó don Ángel lo que siempre había temido; y lo había temido y esperado porque Lázaro y Magdalena pertenecían los dos a las familias más económicamente fuertes en la aldea. Todo el mundo daba por hecho este idilio, también don Ángel, que siempre estaba al quite de cualquier comentario, enturbiando y apagando cualquier apoyo, que pudiera encender la llama de la pasión entre los dos jóvenes más envidiados en el pueblo.
Al observar don Ángel la situación de caminar de Magdalena y Lázaro, (a flor de caramelo, sin sobrepasar las normas de urbanidad marcadas por los cánones de su tiempo) fue tal el golpe recibido que estuvo a punto del desmayo.
Los padres adoptivos de Lázaro tuvieron una hija, la que murió de forma accidental. Por lo que la madre no se reponía de la pérdida por nada del mundo. Los de Magdalena, nunca supieron lo que significaba el cariño de un hijo.
Una veintena de años atrás, cuando en plena represión en Argentina, (donde se desarrolla nuestra pequeña historia) estas dos familias ardían en deseos para conseguir descendencia, posiblemente con el único propósito de conservar sus intereses.
Los padres de Lázaro y Magdalena, aprovechando las revueltas en su país, no lo pensaron dos veces, eliminaron a un matrimonio con dos hijos de ambos sexos, y se repartieron su botín.
No dijeron la verdad a sus respectivas esposas, quedando convencidas que de forma humanitaria los habían recogido de entre los escombros como consecuencia de un bombardeo.
No tuvo tanta suerte don Ángel, a quien temerosos del castigo divino, explicaron con todo lujo de detalles los orígenes de los dos niños.
Todo caminaba sobre ruedas para estas dos familias, mientras que para el padre Ángel todo eran presentimientos y amarguras, confirmándose el día de autos al salir de la eucaristía del día da Pascua.
El pobre cura, en sus reflexiones pedía amparo al Señor. “Por favor, ¿por qué me mandas esto si conoces mis limitadas posibilidades? No puedo romper mis compromisos contraídos, no puedo permitir que se casen dos hermanos. No puedo, no puedo, no puedo. Dame luz en estas tinieblas”. Y finalmente se la dio.
Don Ángel continuó con sus medios con toda normalidad, (a sabiendas de que todo sería inútil) pero satisfecho porque el Señor le había iluminado.
Dentro de los cursos prematrimoniales sería necesaria una prueba de consanguinidad, de cara a la posible descendencia.
Cuando dicha prueba se vio confirmada, Lázaro dijo a Magdalena, mezcla de alegría y dolor:
--Magdalena, no nos podemos casar, somos hermanos.
-- No te preocupes Lázaro, (dijo Magdalena después de reponerse del golpe)
perdiste una esposa, pero ganaste una hermana, que es para toda la vida.
Entonces sí se besaron, pero en la frente, se abrazaron pero de forma distinta.
El castigo fue para los padres de ambos, que aún sabiendo que sus hijos eran hermanos, permitían que formaran matrimonio para unificar sus intereses y ocultar su pasado.
Pero la mayor alegría llegó de parte de don Ángel, que pidió perdón al Altísimo por haber dudado de su apoyo. Prometiendo que jamás volvería a ocurrir.
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