María, la esposa, como ocurre casi siempre, era el alma de la casa. Ella llevaba el control de la familia, para ella eran los desvelos, pero cuando llegaban las alegrías, estas eran compartidas por todos.
El hijo mayor, Jaime, de 19 años, se preparaba para seguir los pasos de su padre.
La hija mayor, Josefa, estudiaba medicina y era la alegría de la casa, además la confidente de su madre: Entre las dos se cambiaban impresiones que no trascendían a los demás.
Y por último estaba la más pequeña, Ana, (que vino cuando ya nadie la esperaba) de tres años.
Todo marchaba según lo previsto por los cánones de su tiempo. Pero ¡Hay! El hijo tuvo que incorporarse a filas, y posteriormente a la guerra. A partir de esta fecha la estructura familiar cambió de signo,
Para Antonio dejaron de ser lo más importante los números.
María, cambió su cuadro de boda por un crucifijo, donde pasaba gran parte el día rezando por Jaime, y la iglesia era su lugar de descanso.
Josefa, perdió su alegría, cuando no estaba con su madre, era el llanto su compañía. Pensaba para su fuero interno, ¿para qué servirán las guerras, con lo fácil que sería vivir en armonía? Pero claro, teníamos que erradicar todos los componentes que las sustentan: las ansias de dominio, la miseria, las falsas creencias, o la venta de armas con lo cual se enriquecen unos pocos a costa de la vida de los demás.
Por otra parte, estaba Ana la pequeña, el ángel de la casa que captaba el ambiente, para no comprendía nada. Cuando preguntaba por Jaime se la respondía, que había subido a visitar una estrella, pero que regresaría pronto. Cuando nadie la veía salía al balcón, y decía: ¿Mira Jaime, que vestido tan bonito tiene mi muñeca?
Pasaban los tiempos y nada cambiaba, ni dentro ni fuera de la casa, pues esta familia seguía sin aceptar las circunstancias a las que se veían obligados.
…………………….
Un buen día llegó por fin la alegría a la casa. Sonó el teléfono y ¡Qué sorpresa! Era Jaime que indicaba el regreso de la guerra. Fue María quien descolgó el auricular, a la vez que hacía partícipes al resto de la familia de la conversación.
--- Mamá, mañana llegaré a casa, pero vendrá conmigo un compañero.
--- Muy bien hijo, así lo conocemos.
--- Pero este compañero le falta un brazo y una pierna.
--- Bueno ¿si es para poco tiempo?
--- No Mamá, es para quedarse con nosotros para siempre, porque no tiene donde ir, y me da mucha pena dejarlo abandonado, con lo bien que se ha portado conmigo.
--- No, hijo mío eso es imposible, porque nuestra vida es nuestra. (Jaime escuchaba como los demás estaban de acuerdo con su madre por sus comentarios, a pesar de todo siguió insistiendo).
--- Por favor, me he comprometido y no puedo faltar a mi palabra.
--- Pues si te has comprometido, tú sabrás lo que tienes que hacer, cualquier cosa menos traer un inválido a casa.
Dos días después, llamó la policía a su puerta. Su hijo se ha suicidado.
Cuando fueron a reconocer el cadáver, comprobaron que a Jaime, su hijo y hermano, le faltaban un brazo y una pierna.
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